El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
la sala de estudio, y dejando que los niños se montaran en su espalda. Y así, cuando sus dis- cípulos envejecieron, solían contar a sus niete- cillos los buenos tiempos que habían vivido en aquella escuela, mientras les hacían trotar sobre sus rodillas; y estos creyeron que un centauro, medio hombre y medio caballo, había enseñado a leer y a escribir a sus abue- los. Ya sabéis que los niños pequeños no en- tienden demasiado bien lo que se les cuenta, y a menudo conciben las ideas más absurdas. Sea como fuere, siempre se ha dado por sen- tado (y seguirá siendo así mientras el mundo gire) que Quirón, con su cabeza de maestro de escuela, tenía las patas y el cuerpo de un caba- llo. Imaginaos a aquel anciano tan serio en- trando ruidosamente en la clase, dando vio- lentas patadas al suelo con sus pezuñas, piso- teando quizá los pies de algún niño, señalando con su cola la pizarra, y saliendo de vez en cuando al jardín para dar un buen bocado a la hierba. Y me pregunto qué le cobraría el he- rrero por un juego completo de herraduras…
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