El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

o tres pendientes de la montaña, o sobre los bosques cuyo negro ramaje, mezclado con la nieve, formaba una mancha gris, todo el resto del mundo que se alcanzaba a divisar estaba blanco como una sábana. ¡Qué precioso! Y, para colmo de felicidad, hacía un frío capaz de helarle a uno las narices en un segundo. Si una persona tiene dentro del cuerpo vida suficien- te, no hay nada como una buena helada para ponerle de tan buen humor y hacerle bailar y correr la sangre más vivamente que un arroyo que baja de la montaña. En cuanto desapareció el desayuno, toda la chiquillería, bien arropada en pieles y paños, se dispersó por la nieve. ¡Vaya un día de diver- sión! Se deslizaron por la colina y resbalaron hasta el valle unas cien veces y, para divertirse más, volcaban los trineos y daban volteretas, acabando cabeza abajo la mayor parte de las veces. Y una vez, para mayor seguridad, Eusta- ce Bright se subió en el mismo trineo que Pim- pinela, Arándano y Flor de Limón, y echaron a correr cuesta abajo deprisa, deprisa; pero a

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