El imperio inka

de las fincas era un acto simbólico muy visible, personal y duradero que se esperaba de cada gobernante: «Fundar la panaca como un grupo corporativo (compuesto por los descendientes del fundador) era el deber de cada inca gobernante. Un segundo deber era la fundación de una finca». La(s) finca(s) no solo representaban una visión del lugar que ocupaba cada gobernante en el mundo, sino que también servían como un recurso productivo que aseguraba su manutención y la de su panaca durante el transcurso de su vida, así como para sostener su culto y a sus descendientes después de que se convirtiera en un ancestro venerado (momia). Considerando las funciones que cumplían las fincas, es comprensible que muchas se ubicaran en zonas

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