El imperio inka
exclusivamente en esta actividad, como sucedía con los yaros, collaguas, sipesipes y casayas (Dadenbach-Salazar, 1990, pp. 127-130; Medinacelli, 2010, p. 66). Otros eran yanakuna, individuos que habían perdido vínculo con sus comunidades de origen. Pastores de esta condición fueron los principales encargados de los rebaños asignados a wak’as destacadas y a las fincas reales, donde satisfacían las demandas de las panaqas y del culto a las momias de los monarcas difuntos. La necesidad de establecer explotaciones ganaderas en nuevas regiones, la posibilidad de criar variedades especializadas (por ejemplo, en el transporte de cargas o en la producción de fibras de cierta calidad), la gran cantidad de animales que acompañaban los ejércitos en campaña y
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