El imperio inka

confirma nuestra lectura de las historias incaicas como historias —es decir, relatos de personas reales que lideraron ejércitos y construyeron palacios—. Así, la existencia de propiedades que promovían los objetivos estratégicos de las familias reales y que cumplían el rol de mantener a dichas familias y a las momias de los reyes muertos ayuda a poner fin al persistente debate que subyace nuestra comprensión de las dinastías y narrativas históricas de los incas. Como sitios que fueron creados y desarrollados por individuos específicos en momentos particulares de sus vidas, las fincas reales nos permiten desenmarañar el desarrollo cronológico del estilo incaico y ganar un entendimiento más matizado de su arquitectura.

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