trayectoria académica y humana de mí esposo, les he propuesto contribuir a la preservación de su legado documental en forma personal. Esta formalidad documental emana de unas palabras dichas en la misa celebrada en la capilla del Centro de Asesoría Pastoral Universitaria de su Alma Mater, por el entonces rector, doctor Salomón Lerner Febres, el 18 de noviembre de 1999, cinco días después de su fallecimiento, dejando testimonio de que: «Su mismo hogar lo impregnó de su misión magistral allí con las puertas abiertas, en medio de su sabiamente desordenada biblioteca, ávidamente explorada por su inquietud intelectual, recibía a todos los que querían aventurarse de la mano con él en la exploración de nuestra historia. Esta no fue para Franklin un conjunto de hechos muertos a veces rescatados de modo artificioso del olvido por un esfuerzo de memoria, por el contrario la asumió a plenitud como un proceso mayor, lleno de sentido, dentro del cual la naturaleza andina de nuestros pueblos se convirtió en protagonista» (1999, p. 25). La exploración de nuestra historia, como bien puntualizó Salomón pocos días después del fallecimiento de Franklin, se iniciaba disfrutando en los archivos que conservaban los documentos coloniales tempranos; por eso, el pasado no era para él un conjunto de hechos muertos rescatados de modo artificioso del olvido por un esfuerzo de memoria. En nuestro hogar miraflorino todavía están las copias íntegras y/o las trascripciones de las partes resaltantes en diversos soportes de los documentos y también de las crónicas que hacía dialogar e interactuar entre sí al redactar y/o exponer su obra. Las dos terceras partes de su demás libros ya están en la BNP. Esta noción de hogar que Franklin y yo hicimos en el siglo XX se proyecta al siglo XXI en mi epílogo a este libro suyo al resaltar los aspectos humanos de su obra académica e intelectual, truncada por su fallecimiento cuando entraba a la tercera edad, que siempre concibió como un tiempo para escribir y publicar para su conclusión. La finalidad de este epílogo es facilitar la tarea a quienes asuman algún día la edición de sus obras completas. El capítulo 1 trata de «Las fuentes del siglo XVI y la formación del Tahantinsuyo», y aquí considero que otorga vigencia y versatilidad a las palabras de Salomón para que el legado documental de Franklin sea también útil instrumento para evitar que los estudios históricos sean concebidos en el país tan solo como un esfuerzo de memoria. Este esfuerzo incluyó para él escudriñar los tempranos escritos en castellano, fuesen impresos y/o manuscritos, más allá de las crónicas sobre el mundo 164
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