Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
CARTA DUODECIMA --- ... Pasarán los años, hijo mío, y con ellos, tu ri– sueña infancia, ajena de- cuidados y de zozobras, para dar lugar a la soñadora adolescencia, con todo su cortejo de bellas ilusiones y de embriagadoras fantasías; hermosa edad de vagos anhelos, de aspi– raciones indefinidas, 6n que a la vez se goza y se sufre intensamente; en que se ríe y s·e llora sin saber por qué; en que la imaginación idealiza todo cuanto nos rodea; en que se ama apasionadamente la músi– ca, las flores, la poesía; todo aquello que en la natu– raleza o en el arte se encuentra digno de excitar la admiración; edad la más bella de todas, como que la vida 30 contempla al través del prisma halagador y engafioso de nuestro cándido optimismo; edad en fin, de la esperanza, que es el mejor don del Cielo; de la 'esperanza, que es superior siempre a la más esplén– dida, realidad, y que debería personificarse en la figura de un hermoso adolescente. . . . - Radiosa mañana de esa poética alborada, tras de la adolescencia llegará la juventud, término de los vagos deseos, y principio de las aspiraciones concretas; época feliz aún, a pesar de que las decep– ciones y desengaños c<;>mienzan ya a atormentar el corazón con sus punzadoras espinas. · ' Las ilusiones empiezan a tomar formas tangi– bles. Los dulces ensueños van transformándose en - 71 -
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