Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

L. Larriva de Llona la noche pasea por los fúnebres grupos, que el de las líquidas llanuras cuando ha concluído la gigan– tesca luclrn. Es que nuestro padre océano, más pia– doso entonces que nuestra madre tierra, atrae hacia su seno los cuerpos de los combatientes para arrullar por siempre su sueño con sus voces alt@rnativamente dulces o imponen,tes; mientras que es menester abrirle a ella los flancos a golpe de azada para obli– garla a recibir esos, humanos despojos que de ·ella fueron formados y a ella vuelven .... ¿Y qué más hermosa sepultura que las profun– didades del inar? ¿Qué mausoleo más espléndido que el que a los restos del hombre forme_n los corales y las perlas y las madréporas? Dos héroes tiene tu patria, Cárlos Adolfo mío, que por igual reclaman tu admiración: Grau y Bolog– nesi. No sabría decirte cuál figura es más excelsa di las dos; pero siempre que asalta mi pensa~iento la memoria de aquellos días de angustiosas ansias para el corazón patriota; siempi·e que re0uenlo los ya célebres combates de Arica y de Punta Angamos, se "' me representa más solemnemente trágica la figm1i del Contralmirante Grau, en su paseo napoleónico, - midiendo en silencio y a grandes pasos, con la gorra hundida hasta los ojos, y los bra.zos cruzados a la espalda, la cubierta del legendario HuASCAR, antes de dar la voz de zafarrancho, - que la del Co– ronel Bolognesi en los momentos en que rodeado de su Estado Mayor, dió al jefe chileno Salvo su inmor• . tal respuesta: COMBATIREMOS HASTA QUEMAR EL ÚLTJMO CARTUCHO •••• El marino, como el agricultor, vive en relación constante e í_ntima con la naturaleza; pero éste, por lo general, sólo contempla espectáculos apacibles; cuadros risueños, mientras aquel, también por lo general, los vª estupendos y pavorosos. Ambos son creyentes: el uno adora de rodillas la Suprema Mu– nificencia; el otro, la :rv.t:ajestad Suprema. Los dos tienen a Dios en su conciencia. El hombre de carnpo pasea las miradas por fil luminoso horizonte, y al ver juntarse allí la tierra - 56 -

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