Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
1 • L~ Larriva de Llona za, que son los más preciosos dones de la juventud. Para libraros tle caer en esas, que son mistifica– ciones deplorables de lo más grande y ' Santo que existe en el mundo, pensad, al venir a vuestro cere- · bro la idea del amor, que él ·ctebe de conducii-os al . matrimonio y a la maternidad, es decir a lo más noble y grandioso para que he"\ sido creada la mujer; y que para tan &.ugt;tsta misió9, debéis prepararos no en los mundanos placeres de la sociedad y los frívolos coqueteos callejeros, sino en el austero ,retiro del hogar honrado y severo. Se usa hoy que las nifías salgan solas a la calle o bien en grupos de tres o cuatro. - Así se acostumbra en Estados Unidos, dicen las partidarias de tal sistema.- Concedido, respondo, yo; pero nues– tras hijas no son yankees y sobre todo no lo son nuestros jóvenes del sexo masculino y, por consi:. guiente, no saben respetar como aquellos, a las mujeres. Sin embargo no encu~ntro mala esa cos– tumbre que obliga a la mujer a velar sobre sí misma y que la ensefía a hacerse respetar por sí propia, pues siempre se ha dicho que la que no sabe cuidarse por innata dignidad, mal cuidada estará a pesar de todas las dueñas y ródrigones del mundo~ Además esa liber– tad es indispensable para las muchachas pobres que no pueden pagar sirvientes y tienen que salir solas a la calle, bien para asistir a escuelas o talleres, o para proveerse de los artículos indispensables para su casa. Mas, si me parece bíen y hasta meritorio que salgan solas para aten·der a esos quehaceres, me parece muy mal que lo hagan por el solo prurito de recorrer las calles; y peor aún, si lo hacen para encon– trarse ,con el novio, ya sea éste admitido oficialmente por su familia, o sea que no pase de la categoría de enamorado callejero. _ La casa, el hogar, rico, mediocre o pobre, ha sido siempre el lugar: al que los pretendientes acud~an y en el que trataban a sus pretendidas a la vista y con el consentimiento de sus padres. Se acostumbraba en mi tiempo comer temprano, e inmediatamente después, ya estaban listas las due– ños de casa para recibir a las visitas, y la tertulia, -258-
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