Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
XIII LA CARIDAD No hay, no puede haber,· hijitas mías, virtud más agradable a los ojos de Dios, qüe la caridad. Era ella desconocida antes de la venida del Reden– . tor del mundo. Fué El quien la instituyó con estas hermosas y sencillas palabras: Amaos los unos a los otros. Y no dijo que deberíamos amar sólo a los que poseen belleza o virtud, o ambas dotes a la vez. Nó, debemos . amar a los que no nos seducen por los atractivos del alma ni del cuerpo, y amar también, y amar más aún, a los que están desposeí-dos- de esos encantos. Es fácil amar lo que es bueno, lo que es bello; pero es meritorio a~ar lo que es feo, moral y físicamente. El ladrón, el asesino, el malvado; la mujer im– pura, son nuestros hermanos, y a nuestros berma– nos no dejamos de amarlos por sus faltas, por sus vicios, por sus crímetles. Tal vez si a causa de ellos los queremos más, porque comprendemos que son desgraciados con la mayor de las desgracia~ que pue- den afligir a un sér humano. . La caridad es amor, la piedad es amor. El al– ma caritativa no conoce el odio. Por caridad, por piedad, por compasión, dió su sangre por nosotros el -219.-
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