Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

IX LA INGRATITUD Al prepararme a entintar la pluma para eµsalzar las virtudes de nuestro sexo, tarea mucho más grata que la de reprender sus vicios, se dibuian en mimen– te los antipáticos rasgos de la ingratitud y se apodera de mí la obsesión de· describir su figura para que hu- yáis de ella, ni~as mías. · Hay hijas ingratas con sus padres, hay esposas ingratas con sus maridos,y hermanas con sus herma- . ,nos, y amigas con sus amigos. Esto lo vemos a diario y por lo mismo, no nos produce impresión. Pero exis– ten seres en quienes la ingratitud llega hasta la monstruosidad; seres a los que les basta recibir un beneficio para convertirse en enemigos de aquel que los favoreció. Por una aberración de su organismo moral, los favores se les .antoJ-an agravios. ¡Extraña psicología! -pero no por extraña menos real- y que encierra repugnante misterio que nos angustia desen- trañar. · ¿Será el orgullo satánico, será la soberbia humi– llada, los que generan la ingratitud? Luzbel fué el primer ingrato del mund9. -¿Por qué me odiará Fulana?- se preguntaba en una ocasión cierta amiga mía, incapaz de hacer maJ a nadie, y sí bienes a cuantos podía hacérselos'– ¿Por qué ·me odiará? ¿Por qué hablará mal de mí? ¿Por qué tratará de indispon·erme con mis otras ami- -195 -

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