Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
Psicologí a de la mujer y Zutanita le escribe -respondiendo a un~ consulta suya respecto de la Congregación de que las dos for– man parte, sjn que esto 'quiera decir, tampoco, que ellas sean amigas. En fin ésta es una qebilidad que sería nrny comprensible y hasta perdonable en cual– quiera mujer; pero que causa hilaridad en la que pre– tende ser un modelo de humildad cristiana. Mas Ri todo ello no pasa del ridículo, hay algo más irritante aún, hijas mías, y es lo que voy a contaros. Preguntaba un día a una de esas señoras por cierta parienta suya, a la que estimaba yo en al,to grado, porque la sabía dotada de muy nobles cuali- dades; · -No la veo hace mucho tiempo, me contestó con acento despectivo. - Y ¿por qué? - La última vez que fuí a su casa, un cuchitril ridículo, la encontré cocinando, ayudada de su hija mayor. Ella misma había ido a comprar el carbón a la tienda próxima. Sus hijas más . pequeñas, según propia confesión, asistían a una Escuela fiscal. No volvi. Ya se imaginará usted que no me convenía esa amistad para mis niñas. Es mcreíble .eó'mo se de- .gradan las personas. con la miseria. Degradante le parecía a la orgullosa y egoísta dama qu,e su pobre parienta, viuda, madre de nume– rosos hijos y sin amparo en la tierra, se ocupara de los menesteres de su familia; pero no pensó ni por un instante en que ·podía librarla del penoso traba– jo o,..por lo m~mos, aliviarla,_ sacrificando ella alguna - de sus comodidades; no se le ocurrió, tampoco, si, tanto la mortificaba que unas niñas , pertenecientes a su familia, se educaran junto con las de humilde clase social, que podía ella, sin gran desmedro de su fortuna, pagarles un colegio más aristocrático. Nó; lo único que :-;e le ocurrió fué dejar de ver a esos po– bres e inocentes seres, abandonánJolos a su propia suerte, para no infligir a su 8ensible corazón el suplh cio de contemplar esa desdicha. Pasado largo tiempo, durante el cual mis pro- - 183 -
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