Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
• L. Larriva de l,'.lona pafiadas de ciertas exterioridades que poco valen, pei·o que mucho merecen ante las apreciaciones mas– culinas. Así, pues, la coquetería que no pasa de ciertos límites; la inocente y natural coquetería que des– pierta, por lo general, en la mujer desde ese que los poetas llaman, divino momento de la transición su– prema, en que la nifia pierde en belleza ideal lo que gana en gracias terrenales; y que ella comienza a po– ner en juego, tal vez sin darse cuenta de ell9, con el objeto de inspirar un amor puro y santo; no es, en mo- l do alguno, digna de vituperio. · , La coquetería que emplea una mujer consuma– rido, a fin de mantener vivo el fuego del amor conyu-– gal; coquetería que en vez de un juego inocente y en– tretenido, suele ser una ardua tarea que exige una atención de todos los momentos, ,una consagración iVerdaderamente heroica al estudio del papel que la necesidad impone, a fin de adivinar todos los gus– tós, todos los deseos y aun todos los caprichos de aquel que comenzando por llamarse esclavo de su es– p0sa; se convierte con harta frecuen'Cia en tirano de ella; esta clase de coquetería, no .sólo deja de ser vi– cio, sino que se eleva, no vacilo en afirmarlo, al rango de verdadera virtud. Y alguna joven sefiora he cono– cido, de gustos modestísimos, p? ...ra quien la mayor fe– licidad consistía en estar recluída en su hogar, rodea– da de sus tiernos hijos, y que muchas veces, sin em- · bargo, los abandonaba para presentarse en público, luciendo ricos trajes y costosas joyas, que realzaban su natural belleza, para evitar el descarrío de su ma– rido, dejándolo ir solo a aventurarse entre los escollos del peligroso mar de ciertas diversiones sociales de que él no podía, o no quería, prescindiL Porque la verdad es, verdad dolorosa pero ·que no deja de ser verdad, desgraciadamente, que no bas– ta siempre ser virtuosa e inteligente para conservar el primer puesto en el corazón de un marido; es preci– so, además, ser' amab~e y esforzarse por parecer dis– tinguida y bella aun en los momentos más prosaicos de la vida. Ni el cuidado de la casa, ni el de los_hijos -154:-
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