Boletín de la Biblioteca Nacional N° 59 60
27 cimiento. El ministro de gobierno, en su calidad de primer director de la Biblioteca pronunció una elocuente oración y el discurso de orden le correspondió al Preben, dado Dr. Mariano José de Arce designado, junto con el Presbítero D. Joaquín Pa- redes, primeros bibliotecarios. Una partida anual de 5.700 pesos destinaron para el pago de sueldos a los funcionarios. Numerosos manuscritos, recopilaciones valiosísimas sobre relaciones de man- do de algunos virreyes y de registros autógrafos de las órdenes generales del Ejér- cito Libertador, fueron depositados en se fondos. También auténticos incunables, impresos en Venecia y en Turín antes de; descubrimiento de América. Y un ejem- plar de un Misal Muzárabe, publicado en Toledo el 9 de enero de 1500 y centenares de libros. Al ser ocupada la ciudad por tropas realistas comandadas por los generales Canterac, Rodil y Loriga, en 1823, la biblioteca sufrió su primera destrucción. Pos- teriormente en 1881 las tropas chilenas al mando del general Patricio Lynch convir· tieron su local en cuartel. Y en 1943, un voraz incendio dio cuenta de muchos de sus tesoros. Por fortuna al frente de esta institución han estado hombres de acción y de reconocidos méritos, como don Ricardo Palma, tan simpático para nosotros los colombianos, y el profesor Jorge Basadre, quien hizo de este establecimiento el ho- gar intelectual de todas las clases sociales y consiguió levantar esta mgnífica sede. Haciendo honor a sus antecesores, ocupa la dirección el escritor, literato y profe- sor universitario Dr. Estuardo Núñez H., quien cumple una brillante labor digna del mayor encomio. Sea esta la hora para reclamar de todos los gobiernos una mayor y mejor atención para estas casas de la historia, la tradición y la cultura. Que hubiera sido del pasado sin las bibliotecas, y qué será del futuro si no se mantienen actualizadas. Este es el único reducto donde el pueblo puede beber sabiduría. Ha sido de las bibliotecas públicas de donde han salido aquilatados todos esos muchachos pobres que luego se han convertido en los grandes hombres de la humanidad. Orgullosos nos sentimos los colombianos de encontrar a uno de los nuestros como cofundador de la Biblioteca Nacional del Perú. Tiene razón y hago mío lo escrito por Roberto García Peña, otro hidalgo de la pluma, en el editorial del pasado 28 de julio del matutino "El Tiempo", el primer diario de mi país: "El Pe- rú, unido tradicionalmente a Colombia, no sólo por la geografía y la historia sino por una tradicional amistad sólo interrumpida fugazmente por un episodio que hoy yace en el olvido, puede contar con nuestra adhesión entusiasta pm· lo cual esta fecha que sentimos como propia nos congrega para celebrarla conjuntamente en el recuerdo de pasadas glorias comunes. Reciban el Gobierno y el pueblo perua- nos el saludo que como colombianos les enviamos en esta hora que para ellos y para toda América es de rutilantes evocaciones". Como muchos de nuestros oyentes se preguntarán quién fue García del Río, trataremos de resolver su inquietud. Don Juan García del Río nació en Cartagena de Indias en 1794. Su padre lo envió a Cádiz en 1802 a principiar su educación al lado de su tío Antonio García del Río. Cumplida fa instrucción necesaria para el comercio pasó como dependien- te al escritorio de su tío abuelo quien, bajo la firma de Ruiz del Río, mantenía en el puerto español un acreditado establecimiento comercial. En este sitio y lugar, muy frecuentado por los americanos, conoció al teniente coronel José de San Martín, entonces al servicio de España y trabó con él una íntima y sincera amistad. Cuan- do la invasión francesa Juan se alistó como voluntario para defender la ciudad de Cádiz de los ataques napoleónicos. En 1811 lo encontramos de regreso en La Habana y al siguiente en su tierra natal donde colaboró en las actividades comer-
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