Boletín de la Biblioteca Nacional N° 41-42
18 ellos y signado con el N9 3 estaba la "Relación de lcis oficiales prisioneros de gue– rra en el combate del 6 de diciembre en el Cerro de Paseo" (79). Allí en esa Gazeta chilena era donde por primera vez se había dado a la vida de la impren– ta tan interesantes documentos. En la "Relación de oficiales prisioneros ... ", perfectamente dividida entre quienes eran los de caballería, los de infantería y los empleados civiles, no figu– raba el nombre de Ramón Castilla. El nombre más cercano era el del teniente de infantería Ramón Cenocrio, y así, teniendo todos estos elementos para precisarlo, resultaba como Ramón Cenorrio en la lista de Alvarez de Arenales (SO). La letra de Rodríguez Ballesteros era la propia de su época, letra española distinta a la de tipo inglés a la que estamos habituados por más de un siglo; lo que se complicaba, ya que el escribiente era un anciano que debía tener un pulso poco firme, eso sumado a lo extraño del nombre, ya fuese Cenorrio o Cenocrio, hizo que el transcriptor, usado por Feliú Cruz, se equivocase y registrase el nom– bre de Ramón Castilla, seguramente por serle más familiar. Otro elemento para rechazar toda posibilidad de error es que el teniente Ramón Cenorrio o Cenocrio lo era de infantería, arma a la que nunca perteneció Castilla, pues desde su inicio fue de la caballería. Creemos haber despejado para siempre el problema O la duda. Castilla no fue hecho prisionero sino que voluntariamente se presentó a servir en las filas del Ejército Patriota. Hemos seguido en este relato, el que hemos tratado de fundamentarlo no en suposiciones sino en las fuentes documentales más solventes disponibles, los años iniciales de Castilla, desde su nacimiento hasta su ingreso al Ejército de la Patria, esto es, hasta que nuestro personaje tenía algo más de 24 años de edad y haciendo un breve análisis de los hechos expuestos, creemos poder afirmar, que no obstante que le tocó vivir a Castilla en un mundo revolucionario y por ende cambiante hasta el delirio, nuestro héroe, desde muy joven, hace evidente que no fue hombre de rápidos e impremeditados virajes. A los 21 años de edad, atra– vesando circunstancias muy duras, fue tentado para servir con uno de los hom– bres más atractivos de la Historia Americana, uno de los próceres más fascinan– tes de nuestra revolución, el chileno José Miguel Carrera, sin embargo fue ro– tundo en su negativa. Pero cuando después de madurada larga y hondamente su decisión, Castilla se suma a las filas de libertad, su decisión será irreversible y definitiva, ya no habrá lugar a vacilaciones, su meta hasta su muerte, será un Perú Independiente y Grande. Esta reflexividad de Castilla, es indudable que lo capacitó para su amplia comprensión de sus contemporáneos, permitiéndole ser el caudillo de todos los peruanos, aun de aquellos que habían sido sus enemigos políticos de la víspera, y a los que nunca el prócer tarapaqueño les guardó rencor, pues su grandeza fue no pertenecer a un partido, ya que él perteneció tan plenamente al Perú y a todos los peruanos, que estuvo imposibilitado para identificarse con grupos o banderías excluyentes. Por eso, para terminar, diremos que su demora en madurar no fue ociosa, pues lo preparó, como dijo un ilustre británico que vivió en el Perú de Castilla, Sir Clements R. Markham, al gran tarapaqueño para ser "el servidor más autén– "tico o más devoto y que prestó los más señalados servicios" al Perú, en forma que nadie lo hiciese por cualesquier otra nación ( s1), ( 1) "Don Ramón Castilla", Revista Peruana, (Lima, 1879), I, 105. (2) José Bernardo Tagle, Narración que ha~ don José Bernardo Tagle de sus servicios a la causa de América (Lima, sin fecha), 3-4.
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