Boletín de la Biblioteca Nacional Nº 22
Bibliotecas de América y Europa En mi último viaje a Europa, adonde me lle.vaba sobre todo la canonización de Fray Martín de Porras, no desperdicié la ocasión que se me ofrecía de visitar alguna Bibliotecas. Fue la primera la de Nueva York, ya conocida por mi, pues ha- bía trabajado en ella repetidamente en su sección de manuscritos. La Biblioteca PÚ- blica de Nueva York fue en su origen una Biblioteca particular y surge con el dona- tivo de la magnífica colección Lenox. El cditicio no es muy grande pero cs muy sun- tuoso y está muy bien aprovechado. Fuera de la gran sala de lectura, en donde pude observar cómo los lectores hacían fila para poder ingresar y ocupar un asiento, tiene muchas otras diseminadas por el local y dedicadas a temas especialcs: Arte, Estudios Eslavos, Economía, etc. Los libros se encuentran colocados en magníficos estantes y en la mayoría de los casos se hallan al alcance de la mano. Los ficheros muchas ve- ces se hallarán en los corredores, sin duda para aprovechar mejor el espacio de las salas. En el gran vestíbulo de la entrada y aun en los descansos de las grandes es- caleras que conducen a los pisos superiores se exhibía una colección de libros de co- cina, en todas o casi todas las lenguas conocidas. Muchos de esos libros eran verda- deras rarezas y todos ellos se hallaban en muy buen estado. No faltaban manuscri- tos y entre éstos me llamó la atención uno de recetas culinarias procedente de un monasterio de monjas de México. Los que se guardarán, dije para mis adentros en nuestros viejos cenobios limeños, famosos por d gusto con que preparaban ciertas viandas y sobre todo, especializados en toda clase de dulces y bocaditos. No faltaban listas de renombrados banquetes en donde la ciencia culinaria había agotado su sa- ber y que se presentaban artísticamente. El conjunto resultaba variado e interesante. En Roma visité la Biblioteca Vaticana, cuyo Bibliotecario, mi amigo el Revmo. P. Anselmo Albareda, dc la Orden de San Benito ha sido recientemente elevado a la dignidad cardenalicia y le ha sustituido un jesuita, el P. Rector del Instituto Orien- tal. En su compañía recorrí la gran sala de lectura, a un lado de la cual se halla la estantería de los libros que se ponen a disposición de los lectores y, al mismo tiem- po, se encuentran los ficheros. Deseé ver la parte correspondiente al Perú, que ocu- pa un local anexo a la sala antes citada y perpendicular a la misma. Me interesé por saber si existía en la Biblioteca una oficina de encuadernación con equipo me- cánico. Me respondieron que las encuadernaciones se hacían todas en talleres de la ciudad. En cambio la Biblioteca cuenta con un magnífico servicio de microfilm y de copias fotostáticas en todos los tamaños y, por supuesto, de un exoelente taller de restauraciones de manuscritos. Esto último se hace aquí imprescindible por la ri- queza de esta Biblioteca en piezas de este género. Por supuesto, de la Biblioteca quedan excluidos los estudiantes, aún los uni- versitarios, a menos que traigan recomendación expresa de. las autoridades universi- tarias, cuando se trata de la elaboración de una tesis de importaricia. Aun los lecto- res comunes deben traer una carta de recomendación de personas conocidas, práctica que también se estila en la Biblioteca del Museo Británico de Londres.
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