Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

1 Debe aclararse que, en el caso de México, si bien la formación de la Biblioteca Nacional se decretó en 1833, debido a la constante inestabilidad política y a las varias guerras que tuvo que enfrentar ese país aquella recién se materializó en 1884 (Osorio Romero & Berenzon Gorn, 1995). 2 El capital simbólico de las bibliotecas no se limitará a los miembros de las élites sociales e intelectuales. En periodos posteriores, los Estados-nación, movimientos políticos y grupos subalternos, entre otros agentes, buscarán adquirir capital simbólico a través de la formación de bibliotecas que, en su percepción, ayudaban a consolidar sus respectivas agendas. 3 Fue el caso, por ejemplo, de las bibliotecas de Andrés Bello en Chile (Jaksic, 2014), Ángel Justiniano Carranza en Argentina, José María Lafragua en México y Félix Cipriano Coronel Zegarra en Perú. 4 En el México posrevolucionario hubo un sostenido esfuerzo estatal por aumentar la alfabetización de la población. Esto trajo consigo un aumento concomitante del número de bibliotecas públicas (Quintana, Gil & Tolosa, 1988). 5 Sobre los orígenes de la Biblioteca del Museo Británico, veáse Harris, 1999, pp. 134135. 6 Véase, por ejemplo, Salvatore, 2014, donde se contrastan procesos de acumulación de libros en Lima y San Francisco. 7 De hecho, las «salas de lectura» de los Cartistas ingleses eran en realidad bibliotecas cooperativas que compitieron con las así llamadas subscription libraries. Sin embargo, en breve, estas bibliotecas fueron reemplazadas por las bibliotecas públicas. En Inglaterra, la primera fue la Manchester Public Library, creada en 1852 (Battles, 2015, pp. 135-137). 8 A diferencia de Palma, Groussac logró publicar revistas de calidad comparable con las de Europa, publicaciones pioneras que dieron albergue a los escritos de literatos, historiadores y hombres de ciencia, además de contener valiosos materiales para el estudio de la historia. 27

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx