En este libro, la muerte no aparece como castigo ni como final. Es un niño. Un niño que ama, que cuida, que se deja querer. Esta imagen, tan distinta a la que solemos temer, nos invita a mirar la muerte con otros ojos: no como ruptura, sino como transformación. Este texto no busca consolar. Busca acompañar. Nos recuerda que hablar de la muerte con los niños —y con nosotros mismos— puede ser un acto de amor profundo. Que nombrarla, imaginarla, incluso dibujarla, es una forma de vivir con ella sin que nos paralice. Aquí, el niño muerte no viene a quitarnos nada. Viene a enseñarnos que todo lo vivido sigue latiendo, aunque cambie de forma. 9
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