76 Desterrados Con nuestras manos hicimos las casas de los que vinieron a nuestra tierra. Recintos fuertes de madera, los pisos y los techos muy bien labrados. Nos pagaban con comida, con fichas, con sus extrañas monedas de cobre. Ya no entrábamos a lo que construimos, todo era con permiso y ceremonias. Nos mantenían siempre lejos. Para hacer sus botes nos llamaban y otra vez pasaba lo mismo. Hecha la balsa, jamás subíamos, era de ellos, aunque sí a las jangadas que venían, río arriba, desde Manaos. Teníamos nuestro barrio, pero ellos mandaban. Un día nos lanzaron fuera de nuestras cabañas, lejos de la ciudad que tenía nombre nuestro. No pudiendo rebelarnos, por las enormes diferencias de las armas, nos dispersamos monte adentro con las serpientes y los pájaros. Un día volveremos, con otros nombres tal vez, y venceremos.
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