Amazonas El lenguaje de las aguas Marco Martos
Marco Martos Amazonas El lenguaje de las aguas
Amazonas: el lenguaje de las aguas © Marco Martos © Biblioteca Nacional del Perú Av. De la Poesía 160, San Borja, Lima, Perú www.bnp.gob.pe Jefe Institucional de la Biblioteca Nacional del Perú: Juan Yangali Quintanilla Director de la Dirección del Acceso y Promoción de la Información: Leandro Villalobos Terán Coordinadora de Gestión Cultural, Investigaciones y Ediciones: Isbel García Romero Equipo editorial: Edición general y corrección: Miguel Rivera Manrique Diagramación: Kelly Vásquez Chaparro Ilustraciones: Rashida Salés Nombera Corrección de estilo: Igor Neira Usquiano y Gladys Lizana Salvatierra Primera edición: abril 2026 Tiraje: 1000 ejemplares Depósito Legal N.°: 2026-03317 ISBN: 978-612-5205-21-6 Impreso en Tarea Asociación Gráfica Educativa Pj. Maria Auxiliadora N.° 156 urb. Breña Lima, Perú Ejemplar gratuito, prohibida su venta o reproducción Martos, Marco, 1942-, autor. Amazonas : el lenguaje de las aguas / Marco Martos ; prólogo, Juan Yangali Quintanilla; ilustraciones, Rashida Salés.-- Primera edición.-- Lima : Tarea Asociación Gráfica Educativa, 2026. 130 páginas : 24 cm. --ilustraciones en color Incluye bibliografías. D.L. 2026-03317 ISBN: 978-612-5205-21-6 1. Poesías peruanas - Siglo XX 2. Amazonas, Región del Río - Poesías I. Yangali Q., Juan, 1981-, prologuista II. Salés, Rashida, ilustrador III. Biblioteca Nacional del Perú, entidad editora IV. Título 869.56 BNP-DGC
Tabla de contenido Prólogo 11 Maloca 15 Káapa 16 Transformaciones 17 Juan Santos Atahualpa medita 19 Cerros de la sal 20 El presente eterno 21 Chamán 22 Orígenes 25 Dioses y humanos 26 Colibrí 27 Hermano 28 Sheripiani 29 Chullachaqui 31 Ronsoco 32 Casa de las orquídeas en Moyobamba 33 Duende 34 Dos serpientes 35 Ayahuasca 37 Chacruna 38 La ceremonia 39 El viaje 40
Peripecias 41 Recordar y olvidar 43 Regresos 44 El daño 45 La madre que sostiene 46 Brebaje 47 El mar de los sueños 49 Dimensiones 50 A veces 51 Luciérnagas 52 Árboles 53 Nunca me despierto 55 Entremos más adentro en la espesura 56 Espejo de agua 57 Ceremonia en la Maloca 58 Pirahá 59 El jaguar melánico 61 Necesito una flor 62 Bajo el mismo sol 63 Guillermo Cervantes (1921) 64 El corazón de la selva 65 Los iquitos 66 Andariegos 68 Monte 69 Encrucijadas 70 Vida 71 Mujer loretana 73
Desaparecer 74 Dama de Belén 75 Desterrados 76 Ritos de pasaje 77 Naufragio 79 Perderse en el monte 80 La rebelión de los ángeles 81 El paraíso amazónico 82 Las muertes asháninkas 84 Luciérnagas 85 Buganvilla 86 Los marañones 87 Lope de Aguirre escribe al rey Felipe II 89 Estás 90 Nieves y calores 91 Sal 92 Calores 93 Dos calores 94 Ana de Ayala 95 Inés de Atienza 96 Glotones 98 Rosa del monte 99 Canoas 100 Barcos en Iquitos 102 Peregrinos 103 Canto rodado 104 El agua de los cielos 105
Nefelíbata 107 Corcel 108 Cisnes 109 Tristeza 110 Centella 111 Todos los ríos 113 Volar 114 Pavos reales 115 Calores y nieves 116 Luz y sombra 117 Palmeras 118 El viento de la libertad 119 Lo que acaba 121 Espadañas 122 Aguacero 123 Un dios pardo 124 Jamás olvido que te debo la vida 125 Correrías 127 Dios nos ha de perdonar 128 Mal de la cabeza 129 El oso hormiguero 130 Me encanta la selva baja 131 Mariposa 132
A Gino Ceccarelli Bardales, a Jeremy Narby, y a la memoria de Eduardo Gastelumendi Dargent.
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11 Prólogo Hay libros que describen un territorio y hay libros que lo restituyen. Amazonas: El lenguaje de las aguas pertenece a esta segunda estirpe. En sus páginas, Marco Martos no se limita a cantar la selva: la escucha. Y al escucharla, la traduce en una lengua que fluye con la cadencia de los ríos que nombra. Poeta mayor de la tradición peruana contemporánea, Martos ha sabido conjugar a lo largo de su obra la claridad expresiva con una profunda densidad simbólica. Su palabra no se deja arrastrar por la estridencia ni por la moda; prefiere la meditación, la sobriedad, la transparencia que deja ver el fondo. En este nuevo libro, esa cualidad se desplaza hacia el corazón amazónico del país, y lo hace con un respeto que es, ante todo, una forma de ética. El Amazonas aparece aquí no solo como geografía, sino como cosmovisión. La maloca no es únicamente una casa; es un centro del mundo. El río no es solo un cauce de agua; es tránsito entre tiempos, memoria que no se detiene, circularidad que desmiente la linealidad moderna. En varios momentos del libro el presente se vuelve eterno, como si el tiempo, lejos de avanzar hacia una meta, regresara sobre sí mismo, como los remolinos de una corriente profunda. La selva se convierte así en una pedagogía del ser. Uno de los logros más notables del volumen es la incorporación orgánica de la espiritualidad amazónica. El chamán, las plantas sagradas, la ayahuasca, las entidades del bosque, no aparecen como exotismo ni como decorado
12 cultural, sino como formas legítimas de conocimiento. El poeta no adopta la voz del antropólogo; se sitúa más bien en la disposición del aprendiz. El lenguaje poético, que siempre ha sido para Martos un instrumento de indagación, se vuelve aquí una vía de acceso a lo invisible, a esa dimensión que no puede reducirse a categorías racionales pero que constituye una experiencia humana plena. A la vez, el libro no elude la historia. Las expediciones, las rebeliones, la violencia colonial, los despojos y destierros forman parte del tejido del poema. La Amazonía no es presentada como un paraíso intocado, sino como un espacio atravesado por la codicia, la incomprensión y la resistencia. Sin embargo, la dimensión crítica se integra con naturalidad en la arquitectura poética del libro. La memoria histórica se expresa en una tonalidad lírica que permite comprender el dolor sin sacrificar la belleza ni la complejidad de la experiencia humana. Hay también un eje íntimo que recorre estas páginas: el amor, la familia, la evocación de la casa, la presencia femenina asociada al río y a la tierra. La selva es madre, pero también es amante; es espacio colectivo y, al mismo tiempo, escenario de la experiencia personal. Esa confluencia entre lo público y lo íntimo otorga al libro una profundidad afectiva que equilibra su dimensión épica. El subtítulo mismo –El lenguaje de las aguas– sugiere una poética. El agua transforma sin violentar; modela sin destruir; conecta orillas distantes. Así procede el poema de Martos. Fluye entre culturas, tiempos y sensibilidades. Lleva consigo sedimentos de historia, destellos de mito y resonancias contemporáneas. Y, como todo río verdadero, desemboca en un mar mayor: la conciencia de pertenecer a una comunidad humana que comparte fragilidad y esperanza.
13 La modernidad ha tensionado hasta el límite los vínculos entre naturaleza y espíritu, reduciendo muchas veces la experiencia del mundo a cálculo, explotación y velocidad. Este libro, sin embargo, abre un espacio de reencuentro. No se trata de idealizar el pasado ni de clausurar la complejidad del presente, sino de recordar que existen otras maneras de habitar el mundo. La Amazonía que aquí se despliega no es solo una región del Perú; es una metáfora de equilibrio, de escucha, de reciprocidad. Marco Martos ha escrito un libro de madurez que amplía su horizonte poético y, al hacerlo, amplía también el nuestro. En estas páginas, el lector no solo recorrerá ríos y bosques: será invitado a internarse en su propia espesura interior. Y tal vez, al cerrar el libro, sienta que algo ha cambiado imperceptiblemente en su manera de mirar el agua, los árboles, la memoria. Porque la poesía, cuando alcanza su plenitud, no describe el mundo: lo devuelve a su misterio. Amazonas: el lenguaje de las aguas, es uno de esos raros libros que nos recuerdan que todavía sabemos escuchar el rumor profundo de la vida. Juan Yangali Quintanilla Jefe Institucional de la Biblioteca Nacional del Perú
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15 Maloca Una casa de sol en las mañanas donde circulan aire y mariposas, el canto de los pájaros insomnes, luz de la luna en la noche estrellada. Cruzamos la espesura muchos días, llevando en nuestros hombros a los árboles, hicimos la maloca con las manos, tejimos en las tardes la esperanza y cantamos en las fiestas rituales. Llegamos con las redes a los ríos, con los anzuelos para algunas veces, con nada si estamos desesperados. Hamacas en los días del verano, Maloca somos, perfil de los humanos.
16 Káapa La primera noche en la casa de los solteros, es el encuentro con la enorme soledad. La madre está cerca, pero tan lejos, que solo vive en la lágrima a punto de salir de los ojos rojos. Todo es tinieblas y silencio y el acompasado respirar de los que conocen que la vida es tránsito, un río de la selva que acaba en otro río, y a veces en las aguas azules del mar. En esta káapa se hospedan los compañeros que llegan de visita a los tiempos, con los dones sagrados de la amistad. El curaca, en la puerta, los hace esperar, y, finalmente, les permite alojarse. El adolescente asháninka, en un rincón, no cesa de llorar hasta que amanece. Mañana el día de sol tendrá su propio afán.
17 Transformaciones Parto de una nube y llego a otra nube, como los ángeles. Me lanzo al espacio desde la copa de un árbol, como un pájaro hornero llego a tu corazón que es una fruta y me hago una semilla y luego esparzo tu bondad entre los niños, y hacemos una ronda en las orillas del río y cantamos en diferentes lenguas con la música azul de los cielos distantes.
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19 Juan Santos Atahualpa medita Que se vuelvan los invasores a su tierra y la conozcan palmo a palmo, que se libere a los esclavos y regresen a su África amada, a sus árboles y pájaros, que vayan por los ríos en canoas y crucen los desiertos en camellos encontrando a los suyos olvidados. Quedemos nosotros en las querencias, las recibimos de padres y abuelos, se acabó el tiempo de los exploradores, que esto quede como un día soleado, desde Cusco a nuestras selvas, estaremos con nuestras campiñas, en los senderos serpenteantes, en los cerros de la sal y de la vida, con nuestros niños y con sus risas. Un día me haré humo y me mezclaré con el mismo aire, con los cielos y las nubes y volveré con los cantos de los pueblos liberados.
20 Cerros de la sal El aire huele a sal porque viene de esos cerros, ahí vivieron nuestros padres, abuelos y bisabuelos. Velo tu descanso sin las prisas que coronan los días. Nuestro bote se desliza como negra serpiente en la claridad de la mañana, con las aguas mansas y los pájaros en el cielo con dos nubes. En esa duermevela abres los ojos y sonríes, mis ojos cambian de color, contentos, sintiéndote a mi lado en la hermosa travesía. Hay monos en los árboles y gente con aparejos de pesca en las orillas.
21 El presente eterno Que cada uno habite su territorio y no vaya a quedarse en otros lares, es algo atávico que viene de las cavernas y está vivo en nuestra sangre y nuestros genes. Entregamos la sal de los cerros y nos ofrecen machetes y cuchillos. Les damos trabajo en el bosque, nos ofenden con monedas deleznables que apenas sirven. Pero ellos vienen y se quedan, se hacen dueños de la tierra y tienen rifles y un Dios supremo que permanece oculto en la inmensidad celeste. Pero nos mezclamos, inevitablemente se parecen a nosotros, tienen niños a los que adoran, y luego van a punto indefinido de lo que vendrá, de lo que nadie sabe. ¡Qué diferentes también! Volvemos a los tiempos primordiales, lo que ocurrirá ya pasó alguna vez porque el tiempo presente es eterno y circular, absolutamente circular en la cabeza y en los corazones de mujeres y varones.
22 Chamán En el fondo de la cocha están los otros, ocultan en grandes bolsas rifles y cuchillos, salen a la orilla en las noches más oscuras y hieren o matan a los lugareños. Me han nombrado curandero de la floresta, chamán de los espíritus extraviados, defensor de los nuestros en lo difícil, guardián de los niños y de su canto. He hecho innumerables mesas con mis hierbas, he invocado a los espíritus sacrosantos que habitan los árboles de lupuna y se van por las ramas como pájaros y he conseguido que uno a uno desaparezcan los intrusos río abajo. Voy por las aguas y los caminitos oyendo lo que dicen varones y mujeres, dándoles pócimas y menjunjes para el mal del ojo y los dolores y para el cansancio de la vida de los ancianos.
23 He flotado en los ríos más amados: el Ene, el Perené, el Tambo, y siempre he regresado a tu lado. A ti que reinas en los aires, en las aguas, en la tierra, en el fuego, en lo que pensamos, te expreso mi gratitud, tú me has dado poderes de sanación con la gente y los animales, capacidad de ordenar la vida de los perdidos, y juntar, oh diosa, a los que se aman día y noche con los gestos, las palabras y los corazones.
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25 Orígenes La gente dice que venimos de Manaos, es una verdad a medias, porque esa ciudad no existía en los tiempos primordiales. Lo cierto es que estuvimos en el río poderoso, el Amazonas memorable, en las tierras aluviales, y fuimos bajando contra la corriente por el Ucayali y exploramos las riberas del Ene, del Perené, del Tambo. Algunos nos quedamos en las riberas y otros nos fuimos al Gran Pajonal, no muy cerca de las aguas. Asháninkas nos llamamos y sabemos que vivimos en tierras de la muerte, la patria definitiva de todos los humanos. En concordia queremos vivir, conservar los sagrados equilibrios con la tierra y con todos los animales. Eso queremos, pero las personas son despiadadas, sobre todo los afuerinos, con sus malas caras, nos persiguen porque existimos, les molestamos. Sabemos defendernos con nuestras cabezas y brazos y sin que nadie sepa cómo, vamos durando y durando.
26 Dioses y humanos Arriba están el sol, la luna, las estrellas y todas las hermosas constelaciones. Los queremos y admiramos. Son dioses. Habitamos la tierra, con sus ríos y montañas, con los frutos de los árboles y las flores, con los animales de los aires y la tierra, de las aguas de los mares y del fuego sagrado. Aquí estamos, las piedras prevalecerán más que nosotros, nuestros hijos y nietos. La muerte está al final del camino, pero antes está la vida como un regalo misterioso. Recibimos cada día con una sonrisa, con un apretón de manos, y hacemos nuestro trabajo para servir a todos sin buscar privilegios salvo para los niños y los venerables ancianos. Así somos, la tierra es la casa de nosotros.
27 Colibrí Yo tengo un colibrí entre mis manos, admiro la belleza de sus alas, los nítidos colores que se mezclan en paleta de plumas soleadas. Amo la libertad, abro los dedos y vuela la avecilla hasta lo lejos, buscando la frescura de las aguas con su gorjeo en la brisa del alba. Tengo otro colibrí en mis sueños, lo dibujo para ti con vocablos que bajan los calores en tu estancia, rodean tu cuerpo como duendes, anuncian que comienza la jornada. Tú me sonríes, yo te doy la calma.
28 Hermano Murió mi hermano de cuatro meses, de pulmonía y de los calores. El sabio dijo que la araña negra lo había predicho en sus redes. Hubo consternación en la familia, dolor supremo en los recios asháninkas, lágrimas de los niños junto al río. Nuestra vida prosigue indiferente, hay un vacío en el cielo azulado, un espacio donde no hay nada, nada, en la tierra el nombre del ausente, en mi memoria y en mis ignotos genes. Hoy mi rojo corazón le suplica que cuide y proteja todos mis pasos.
29 Sheripiani El gran curandero conoce bien los sagrados equilibrios del mundo, el temblor de lo visible e invisible, los espacios del reino de los montes, de los ríos, las cochas transparentes, almas de animales y vegetales. Bendice a los seres de los montes: a Chullachaqui que reina en lo verde, niño vagando en ramas de los árboles, a Yakuruna, virgen de las aguas, a Sachamama, madre de los bosques. Sheripiani que vives en lo alto, vuelve, cuida con el espíritu a tu gente, regresa con las aguas, con el viento, con el polvo de las estrellas, luz del cuerpo y el ojo de la espesura.
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31 Chullachaqui Vive en el fondo de la floresta enmarañada, subido en las ramas de los árboles, contando las estrellas en las noches, sediento cuando ya nace la aurora. Rengueando busca beber en los remansos, deja sus huellas sobre la arena cálida y desaparece cuando el sol avanza. Si se internan caucheros en el bosque, toma el serio aspecto de un compañero, escoge al más frágil como víctima, lo lleva por escondidos senderos al centro mismo del oscuro monte, se esfuma como duende de los cuentos y el otro muere de inanición y de pena.
32 Ronsoco En las aguas, cabeza tan afuera, luce el ronsoco perfil roedor mueve los bigotes, los ojos mueve, sale de lo líquido, paso leve, huye del rápido depredador que queda burlado quiera o no quiera. Vuelve al riachuelo con sus grandes nueces, las mastica muy lento y ya torna a las orillas, feliz como niño, buscando hierbas, rastrojos, semillas, no acaba nunca, hasta que llega la noche.
33 Casa de las orquídeas en Moyobamba Tenemos una casa de madera, hecha también de muy gratas palabras. Las habitaciones son diminutas pero suficientes para nuestro corazón. Una de ellas guarda unos cien libros y máquinas de la modernidad. Hay cinco sillas en el comedor, una pequeña mesa de caoba, gato y perro que parecen humanos y se meten en la conversación. El jardín del fondo es verde, verde, luce un enorme árbol de lupuna y alrededor están las orquídeas, la esencia de los perfumes de hoy.
34 Duende Salgo de mí mismo. Me desdoblo y me observo yacente con un libro en la mano en la penumbra de mil y una noches queriendo saberlo todo con la inteligencia que traemos los hombres al mundo. Me guía el chamán, emisario de Dios en los bosques apartados de la tierra. Percibo los inútiles esfuerzos de la razón por comprender la conducta de la gente, los misterios admitidos por la ciencia, el comportamiento de los pájaros y los peces. Solo el corazón entiende por qué vuela mi pensamiento, por qué las tortugas de los ríos y del mar me llaman duende.
35 Dos serpientes Vengo de la luz. Me he transformado. Allá no hay palabras, sino colores, todos los matices, una sensación de euforia, de vivir por un instante en el comienzo del mundo, en esa trabazón de dos serpientes enlazadas que contienen el tiempo y las flores y los pájaros y los ríos que salen por sus ojos luminosos e infunden alegría a cada uno de nuestros pasos en el aire. El misterio es cosa divina, no puede explicarse, las palabras no alcanzan. Solo el silencio sirve en algo y el rumor del mar en todas las constelaciones.
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37 Ayahuasca Me monto en un relámpago y viajo por el tiempo, retrocedo a los comienzos, a los rincones de luz en los escondrijos, a las troneras donde ronronean los gatos, a las calles de los presagios de lluvia, ahí voy jugando con un alambre y con un aro. Borro las desdichas que se sucedieron que me persiguen en otros sueños con un garfio. Ahora llego a una nube blanquísima, soy un pájaro de alas rojas ensangrentadas que canta para sí mismo, queriendo ahuyentar el dolor acumulado en tantos años, con una sonrisa para aquellos muertos que están como imanes pegados a mi vida y que me alientan en mi vuelo solitario. Silbo y vuelvo a silbar en los espacios inacabables.
38 Chacruna La chacruna es la hermana gemela de la ayahuasca. Ambas necesitan del fuego para ser poderosas, y la gente, del ayuno y del descanso religioso, solo así puede ingresar en lo desconocido y conocer la pureza de los colores, las dimensiones de los objetos, y los misterios de su propia alma, sin utilizar nuestras propias palabras. Lo que ocurre en ese sueño apenas puede decirse en el regreso, se precipitan las imágenes en una sucesión rápida, pasada la euforia llega un estado de bienestar que justifica el peligroso viaje. Tienes que creer que es valiosa esa aventura, si no fuere así quédate con tus viejos libros, con tu desconsuelo de la existencia, vive tus días con tus hábitos lamentables.
39 La ceremonia Beber chacruna y ayahuasca es complejo, decisión difícil en la mitad de tu vida, es entrar en un mundo de colores donde ya están proscritas las palabras, todo es sensación, bellas imágenes, flotar, el aire fino de lo eterno con el miedo cerval a la insania y la alegría final del retorno. Quieres hablar con plantas, con los ríos, ir volando por los cielos como pájaro, posarte en la cola de un cometa, ser estrella luminosa en el aire, hoja que cae del árbol del otoño, gusano que ya vuela, mariposa.
40 El viaje En la noche, tan propicia con su silencio, bebemos el brebaje de los sueños, y entramos, respetuosos, en el reino de lo ignoto, buscamos los paraísos instantáneos y bordeamos los infiernos sin los miedos. Si el temor hubiera prevalecido, no estaríamos en esta mesa del conocimiento, no viajaríamos al fondo de nosotros, a los principios del mundo del asombro. Tenemos un guía, al que ayudan los cielos, de otro modo estaríamos perdidos en los sotos de los amados bosques, seríamos niños a la merced de las fieras. Pero volvemos al mundo de los gentiles. Estamos iluminados, miren nuestra cara, miren nuestros gestos y reciban un abrazo fuerte, interminable, una montaña.
41 Peripecias Nos recogemos unos días antes, hacemos los ayunos y abstinencia de lo que distraiga al espíritu: fuera el ají, fuera la carne, gozos de la mesa de los ciegos gentiles, fuera el erotismo maravilloso, fuera los placeres, juegos de niños. El cuerpo es apenas un recipiente de los deseos de los altos dioses, la matriz de los hermosos colores, los jirones del pensamiento abrupto, lugar donde conversan las tres plantas con todas las flores del universo y con los despiertos dentro del sueño.
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43 Recordar y olvidar No recuerdo nada de lo soñado, veo en el horizonte alas de pájaros, o no las veo, solo recuerdo sus nombres. He vivido con mi padre y con mi madre y ahora son solamente sombras que acuden en la claridad de las noches. Ni cariño ni severidad han dejado huellas, pero sí la yuca masticada lentamente por mi abuela y otras venerables como ella, que hacían el masato durante horas, antes de ingerirlo en el ritual del mediodía. He crecido con los resistentes motelos en las orillas de los ríos de mi selva y como ellos marcho por la vida demorándome en los recodos. Voy lento porque estoy apurado en gozar toda la belleza de la tierra.
44 Regresos Con la ayahuasca regresamos a la infancia, somos niños de pasos titubeantes, la búsqueda es un fin en sí misma, nuestro natural deseo en todo instante, pero nos caemos y golpeamos, tenemos rasmillones, dolores por todo el cuerpo. Una voz que viene de lejos, que canta, solo canta, nos guía con seguridad pasmosa, y así nos levantamos con energía y vemos todos los colores y hablamos con las plantas, con los árboles, con los ríos y con los pájaros. Toda la naturaleza canta y nos arrulla, nos induce a un profundo sueño que semeja a la misma muerte. De ese tiempo nada sabemos, salvo que luego tornamos a vivir y estamos renovados y agradecidos y podemos escribirlo. Hemos ido y hemos vuelto de lo desconocido gracias a la hierba sagrada.
45 El daño He sabido con el tiempo que el daño, la envidia y los celos que sentimos que los malvados nos lanzan y que percibimos con la ayahuasca nada son si no los acogemos en nuestros corazones desesperados. Hacen su madriguera en los rincones más oscuros, en la plena tiniebla, y algo sabemos de sus misterios en las claras noches de luna, con el encanto de la hierba mágica. Apenas hemos creído al comienzo y ahora somos sacerdotes, convencidos fieles de la religión de las plantas. Solo deseamos hacer el bien a toda la humanidad sin esperanza.
46 La madre que sostiene La madre que sostiene y que revela es la planta que trae lo insólito a tus sueños, a tu mesa y a tu corazón. Escuchas los colores, la música tiene fragancia, hablan los animales con las plantas, gozas conversando con los pájaros, volando por los cielos sin vuelta atrás. Estás solo en un momento. Escuchas a lo lejos la voz del chamán. Solo quien sabe dialogar con el misterio podrá conocer la profunda verdad. Despiertas y nunca más nada es como fue.
47 Brebaje Lo vivido y casi olvidado vuelve a tu ser. Eres un niño que se mueve en el útero y confundes tu cuerpo con el espacio lleno de líquido y, aunque no lo sabes, del amor de tu madre que te da la vida y daría la suya para tu salvación. Te toca contemplar la emoción de nacer. Tu grito es poderoso y nadie lo olvidará. Ahora vas por el mundo, das los pasos primeros, te caes y te sabes levantar. Así está registrado en tu memoria que el brebaje ha actualizado en esta noche de ceremonias de tu adultez. Pero también recuerdas lo que hizo tu padre, lo que hizo tu abuelo que nadie te lo pudo contar. Vas a la escuela y te aferras a los barrotes de la entrada de la reja cancel, te parece una prisión. Te reconcilias con lo vivido y sonríes al despertarte y estás listo para beber el agua del día y experimentar los sucesos que vendrán.
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49 El mar de los sueños Vas entrando al mar de los sueños mientras se desdibuja tu forma humana. Eres agua, no sabes si una gota o la espuma blanca que llega a la playa o la marejada que golpea los acantilados o la lluvia salina que sube del mar y se confunde con la niebla baja que va planeando sobre las olas cuando la noche se hace día y luego el día noche que ya no cambia. ¿Estás dormido o despierto? No lo sabes. Dondequiera que mires solo ves agua, agua y agua.
50 Dimensiones Nuestros hijos, ya formados en el vientre de la madre, de ella reciben nuevos genes una marca en sus órganos, en su inteligencia desmedida, en cada una de sus palabras la piedra que lanzan al río más tarde será agua o aire o voz de la mujer que los llama para que no se disparen como balas. Vivimos un mundo de tres dimensiones, pero son dos las que los ojos detectan. La cuarta dimensión existe y permite atravesar con los ojos lo sólido con la magia de los duendes, es lo inefable del mundo, la voz de los bosques y las madres.
51 A veces A veces vivimos en las ciudades, solo a veces, nos ponemos los zapatos y las ropas habituales de la gente de los barrios y nos adornamos con esencias de las más hermosas flores. Regresamos a la floresta, siempre regresamos, siempre y siempre, usamos los vestidos de nuestros padres y andamos sin zapatos, tocamos con las plantas de los pies, a la tierra madre, a los pastos y guijarros y sentimos como propios a los cantos de los pájaros, de pronto volamos sobre el río y los manantiales y nos vamos a lo alto y anunciamos la mañana aleteando o jugando entre las orquídeas como mariposas triunfantes.
52 Luciérnagas Cuando regreso a la tierra que amo busco a las tortugas en los arroyos y a los árboles centenarios en cuyas ramas susurra el viento mientras los calores de la tarde se hacen apacible noche. ¡Qué hermosas son las luciérnagas! Llevan en su luz mi tiempo leve.
53 Árboles Si veo los árboles a lo lejos me parecen un mar de soledades, pero si me acerco a sus troncos y a las copas donde anidan los pájaros, entiendo que son la vida misma de los hermosos aires, y si miro sus raíces en la tierra, donde pululan las hormigas de rojas cabezas o negras, comprendo que el orden nació aquí, y que tiene miles de años. Los seres humanos venimos del agua y la llevamos en nuestros ojos y en nuestras venas, buscamos en la tierra, los lagos y los ríos, y en la lluvia que se hace risa en las bocas y en los dientes de los niños. Naturaleza somos, árboles caminando.
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55 Nunca me despierto Cuando entro al mundo de los sueños me aparece el árbol de lupuna, inmenso, apuntado a los cielos, y surge la madre que es un espíritu que está en todas partes, día y noche, y puedo percibir su estela en las oscuridades estrelladas de los montes. Hay silencio entonces, y sonidos, si se entiende, el de un perro a lo lejos, luego todo es calma y entonces puedo hablar con mis muertos, que están vivos en mi sueño, con mi espectro, por supuesto. Mando saludos y poemas. Nunca me despierto.
56 Entremos más adentro en la espesura Entremos más adentro en la espesura, busquemos en el soliloquio amado, lejos, muy lejos del verde vado, el árbol dorado de la hermosura. Fuera del bosque queda la cordura, luces titubeantes del pasado, penas del corazón, todo mezclado, adentro, la alegría, el agua más pura. Los árboles y su sombra ya dejan pasar la luz del sol que se dibuja en el rostro del tigre sin que ruja. Llueve de pronto, las nubes se despejan. Gotas en las ramas, de extraña belleza, señalan que la vida siempre empieza.
57 Espejo de agua Atrás quedaron los ríos, los árboles y los pájaros, pero hay ranas y peces en los espejos de agua del camino y en el rojo del impaciente corazón. Todo parece real como en los sueños. Salir es difícil, las imágenes son ciertas, tienen fina gracia e intenso verdor.
58 Ceremonia en la Maloca Solo bebemos ayahuasca guiados por la mente del maestro, cumplimos paso a paso lo ordenado. Embebidos en la ceremonia toda nuestra atención está dentro, solo el silencio nos envuelve y las ganas de durar en la madrugada en el espacio de lo sagrado, la casa de las oraciones. Regresamos de ese mundo transformados, somos los mismos y somos diferentes, tenemos el ansia de la libertad multiplicada que acompaña para siempre nuestros pasos en la vorágine de los días de los humanos.
59 Pirahá Nosotros tenemos nuestros dioses, ellos no los tienen ni en idea. Las deidades son duendes que habitan los árboles, los sotos, los ríos plateados en los fríos, verdes en los candentes veranos. Las cosas están en sus lugares siempre, nadie las ha creado, dicen los pirahá, no hay tiempo pasado ni tiempo futuro, solo el presente de nuestras vidas y tal vez el de nuestros padres y abuelos. Tenemos la cabeza derecha y no retorcida con historias febriles de lianas y pájaros. El hombre siempre estuvo sobre la tierra, cazando y pescando y sembrando, los animales son lo que son, feroces, o amables como los pequeños felinos. ¿Quién puede decir que son dioses? Duramos lo que duramos, no hay paraíso en otro mundo. La felicidad está en la sonrisa de los niños.
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61 El jaguar melánico El jaguar melánico de la selva del Perú se confunde con la misma noche. En la oscuridad, solo se escuchan apenas los llamados de los insectos. El jaguar aguarda en los matorrales, sus ojos brillantes están casi cerrados y sus oídos atentos al caminar de las presas cuyo destino es la muerte en sus poderosas fauces. Nada salva a los condenados, ni los ríos con sus poderosas aguas. El jaguar melánico es rapidísimo, no teme internarse en las corrientes y puede nadar con las presas entre dientes. Busca un claro del bosque y satisface su hambre. Se queda dormido con las luces del día.
62 Necesito una flor Para vivir necesito una flor, un río, un pájaro. Cuando permanezco en el monte, todo resulta conforme a mis deseos, esos monos trepados en los árboles, las serpientes deslizándose entre las hojas, las hormigas rojas y las hormigas negras haciendo sus caminos interminables, los aguaceros y los relámpagos que parecen latigazos, y los truenos que son los dueños de la noche. Pero cuando voy a las ciudades apenas encuentro la naturaleza, no hay lagartos ni ronsocos, ni tortugas en los senderos, solo gatos y perros domesticados, y hombres y mujeres con la mirada perdida, extraviados entre edificios y cláxones. Encuentro a una ardilla en lo alto de una rama y la considero una diosa.
63 Bajo el mismo sol Hay quienes comparan a la selva con el maravilloso paraíso de los libros y a las ciudades con el infierno y sus espantosos demonios. Se equivocan, y bastante. Se quiere a la tierra donde se nace, la llevamos en el corazón y vive en nuestros sueños. La trabajamos con esmero, es nuestra primera madre. Son afuerinos los que la dañan, pescan con dinamita en nuestros ríos, talan nuestros bosques, se llevan las mejores maderas, buscan oro, desesperados, traen sus licores, sus rifles y sus balas. Son la maldad caminando, matan a nuestra gente y desaparecen tranquilos en los vericuetos de las megápolis.
64 Guillermo Cervantes (1921) El Perú está en cada centímetro del territorio que hemos heredado, no solamente en la Lima señorial donde viven los que gobiernan que nunca han ido a los lugares escondidos de la patria, no conocen la belleza de los manantiales, y los árboles y los pájaros, ni el temor de la noche, en plena selva, donde está la claridad de las luciérnagas. No saben del sufrimiento de la gente, monte adentro, sin escuelas, ni medicinas ni nada de nada. A ellos les encantan los desfiles de los entorchados con sus medallas y sus orgullos que vienen de los virreyes españoles. Nosotros hemos tomado las armas, libertad es lo que queremos, que cada poblador de los pueblos olvidados sienta que es un ciudadano de nuestra patria que es igual en sus derechos a todos, que merece gobernarse en una democracia sin excluidos de ninguna clase.
65 El corazón de la selva Llevamos el corazón de la selva en el centro de los sueños y los pensamientos y los días con sus noches de silencio. Donde hay una orquídea estamos nosotros y si hay una buena lluvia donde quiera que vivamos añoramos nuestra tierra y volvemos a ser niños que chapotean en el agua y corren empapados en los patios y en las calles. Queremos estar en el monte y en el resto del mundo. Que nadie mate a los nuestros, que la ley prevalezca: la vida es sagrada en todo lugar y circunstancia.
66 Los iquitos Era el centro de la tierra, que ahora se llama Loreto. Los iquitos disfrutaban de los ríos y los árboles, de los pájaros y de las flores. Bellos eran sus días y sus noches. Las mujeres ocupadas de los sembríos y los hombres con sus arcos y sus flechas enfrentando a las fieras. Todo era así, hasta que llegaron los blancos, con sus hachas y sus balas y sus libros sagrados. Anacachuja en el río Tigre agrupó a los lugareños y con algunos de los suyos, dialogó con los sacerdotes, que le ofrecieron baratijas y espejos y cuchillos. Nunca les dijo que no, hacía vagas promesas, nunca les dijo que sí, mañana tal vez. No quería cambiar sus creencias naturales por un Dios de los libros que pedía sumisión y ofrecía felicidad en la otra vida, en la muerte. Un día se alejó río abajo y se hizo la noche.
67 Niame lo sucedió y les hizo promesas a los blancos que no iba a cumplir jamás de los jamases. Se enfrentó como pudo a las fuerzas superiores. Antes que ser derrotado prefirió perderse en el monte, indómito, cabeza en alto, símbolo de la libertad en los tiempos más sombríos de esos comienzos.
68 Andariegos En medio de la selva prendo una luz para iluminar tu camino. Otra luz nace de tus ojos y parecemos entonces el día que avanza en el centro de la noche. Así vamos juntos, hechos de la misma madera, sorteando todo peligro, hasta que amanece.
69 Monte He salido de lo más profundo del monte a juntarme con mis paisanos a la orilla del río o bajo las alas de los ángeles. Hemos hecho malocas con nuestras propias manos, viajamos a países distantes, sabemos de lo que somos capaces los humanos milenarios. En todas partes llevamos en nuestros corazones a la serpiente cósmica que ordena el universo en lo más grande y en lo diminuto. Regreso al monte, a mi cabaña, en los dedos llevo el olor de las ciudades.
70 Encrucijadas La vida está hecha de separaciones, encrucijadas que aparecen en los senderos, largas despedidas, combates contra el olvido. Donde quiera que vayan mis hijas llevan el corazón de los montes en sus ojos y en sus manos, el perfume del jazmín y el olor de las orquídeas en sus propios cuerpos alados, son parte del Perú que viaja a lo más distante. Aquí dejan su imagen que es mi luz de cada día.
71 Vida Cada día empezamos la vida. El sol en lo alto nos asombra. Tenemos fiera voluntad de avanzar en el camino. Nos detenemos en las posadas o en medio del monte, a la intemperie, en las noches, bajo la luz de las estrellas. Esta tierra es nuestra, nos la dejaron padres y abuelos. Es nuestra madre. Admitimos visitantes. No a los aventureros que se llevan riquezas y asaltan a las niñas. Fuera miserables. No merecen vivir en ningún punto del universo.
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73 Mujer loretana Tú haces mi día transparente, hermoso, cabellos negros, mujer loretana. El Amazonas viaja en tus venas, el Nayay en tus ojos desde el alba. Mientras fluye la vida en sus dedos, quiero estar a tu lado días, noches, el tiempo luminoso de esperanza. Nací para quererte, idolatrarte, vestirte de mis flores y palabras. Desde antes que nacieras, te esperaba.
74 Desaparecer Vivíamos en la floresta. No conocíamos límites. Todo era nuestro y de nadie. Cuando llegaron los afuerinos nos alzamos de hombros y dijimos la tierra es madre de todos. Traían sus piedras de colores, su incienso, sus armas, municiones y se fueron apoderando de los mejores lugares. Teníamos nuestras manos, arcos y flechas insuficientes, y nos fueron expulsando lentamente. Tardaron muchos años y se hicieron dueños. Casi hemos desaparecido en el centro del bosque. La naturaleza es sabia y ha decidido dispersarnos. Queda nuestro nombre, Iquitos, en la tierra de ellos.
75 Dama de Belén En medio del dolor de cada día hay un lugar para la esperanza. El tiempo que vendrá tendrá flores. Ayer adiviné que vendrías. Y se cumplió mi vaticinio. En la cuerda que azotan los vientos, abajo ruge el Amazonas, guardo el equilibrio con una vara. En el corazón llevo tu sonrisa que me dice: hay un mañana.
76 Desterrados Con nuestras manos hicimos las casas de los que vinieron a nuestra tierra. Recintos fuertes de madera, los pisos y los techos muy bien labrados. Nos pagaban con comida, con fichas, con sus extrañas monedas de cobre. Ya no entrábamos a lo que construimos, todo era con permiso y ceremonias. Nos mantenían siempre lejos. Para hacer sus botes nos llamaban y otra vez pasaba lo mismo. Hecha la balsa, jamás subíamos, era de ellos, aunque sí a las jangadas que venían, río arriba, desde Manaos. Teníamos nuestro barrio, pero ellos mandaban. Un día nos lanzaron fuera de nuestras cabañas, lejos de la ciudad que tenía nombre nuestro. No pudiendo rebelarnos, por las enormes diferencias de las armas, nos dispersamos monte adentro con las serpientes y los pájaros. Un día volveremos, con otros nombres tal vez, y venceremos.
77 Ritos de pasaje Subimos a los árboles más empalados, con gran peligro para nuestras vidas podamos las ramas que oscurecen, así tenemos leña para todos. Los jóvenes varones la tienen por oro y la llevan a las puertas de las cabañas de sus muy hermosas amadas que permanecen indiferentes a las ofrendas, hasta que su madre y su padre les permiten una tímida sonrisa para los osados. El matrimonio es una gran fiesta de todo el pueblo reunido. Cuando un niño nace es el padre quien guarda sosiego y cuida día y noche al infante que llega al mundo protegido por el Sol que es el dios de nosotros. Así transcurre la vida en las cabañas. Los hombres volvemos a la caza, las mujeres siembran y recogen los frutos. Cuando alguien muere se le entierra en su propia casa. La familia se traslada
78 muy cerca y lleva agua y vituallas al fallecido que atraviesa el río del fin y del comienzo y se pierde en la inmensidad de la vida eterna. Así somos los iquitos. No cambiamos la amada soledad por baratijas. Defendemos con dientes y cuchillos nuestra tierra. Podemos morir, claro que sí, sin entregar nuestros principios.
79 Naufragio Los barcos que vienen valientes cruzando los mares con los vientos en contra, erguidos entran en el Amazonas y navegan miles de kilómetros. Cuando se creen triunfantes van a dar al fondo del río para vivir o morir siempre en las aguas cenagosas. Su destino es arrasar a los hombres a los sinos más nefastos. Qué más da respirar o dormir bajo el sol esplendoroso.
80 Perderse en el monte Una vez el chamán de los cocamas se internó en la espesa floresta y nunca regresó a su cabaña. Pasaron días, noches, meses, años. Alguien muy semejante apareció una mañana hablando la lengua de los naturales con mucha fluidez y con vocabulario preciso y elegante. Dioses del bosque lo han liberado, decían los muchachos y los ancianos. Discutieron mujeres y varones: dictaminaron que era el perdido que volvía con ellos para siempre. Tenía sangre de los cocamas, muy cierto, su madre era de la etnia, también genes venidos desde España. Era otro y el mismo: un chamán cocama.
81 La rebelión de los ángeles Los brujos Pendes, divinidades de la tierra, dijeron que hablaban con el Dios de los cristianos. No llegaron con el panteón de los dioses de la floresta. Arribaron solos, a exponer su causa justa: los abusos de los castellanos con los oriundos de la selva. Según dijeron, buscaban la justicia divina de aquel Jesús que expulsó a los mercaderes del templo, sin dejar de prometer la vida eterna. Contaron que la divinidad les dio la razón y les ordenó que sacasen a los malvados de sus casas y campos y quedasen ellos mismos como poseedores de toda la tierra fértil. Los nativos consideraban a sus opresores demonios de los encendidos infiernos. Cada bando consideraba que sus antagonistas eran discípulos de Luzbel, el rey de las llamas, ángeles rebeldes contra el mismo Dios de los cielos. Los Pendes fueron derrotados y ajusticiados. Ocurrió en 1579. Se escriben estas líneas para luchar contra el olvido de estos héroes.
82 El paraíso amazónico Antonio de León Pinelo, sabio en manejar pergaminos y los códices, que venía en línea directa de judíos quemados en la hoguera, creía que el paraíso escondía misterios en el centro del Perú, en las plantas y montes amazónicos, y no en el cielo de la luna o el sol, ni en la zona más tórrida del aire, ni en los mismos Campos Elíseos. Imaginaba que había serpientes que volaban y tenían brazos, árboles que eran relojes y otros que despedían luces en la noche, manantiales deleitosos dibujando cruces en las piedras sumergidas. El calor conservaba verdes las plantas, los campos lucían hermosura, el gran río todo lo mantenía, había un verano eterno, una eterna primavera, el Edén estaba en el Amazonas y otros ríos
83 lo guarnecían desde lejos. Dios solo el bien quería para sus hijos. Para llegar al paraíso había que haber vivido el sufrimiento.
84 Las muertes asháninkas Nos encontramos en medio de un cosmos. Arriba, el mundo uránico, abajo, el mundo crónico. Somos viajeros, transeúntes, nos estamos yendo siempre, seamos buenos o malos. La muerte abrirá un nuevo camino y luego subiremos o bajaremos en los espacios sagrados. Morimos también en el sueño: en esos instantes somos otros. Otros somos si bebemos las hierbas sagradas de los abuelos. Las lagunas, las rocas, los senderos son aberturas a lo diferente. Los muertos vuelven para hablar con nosotros y precisar sus orígenes. Vagan por los montes y cuidan como duendes lo que hacemos. A veces nos quieren llevar con ellos cuando no ha llegado nuestro tiempo. Entonces el shiriapiri los detiene. Nosotros lo sabemos.
85 Luciérnagas En Moyobamba, cuando se hace la noche tan oscura, en el jardín de las orquídeas se encienden las luciérnagas. Dejo la mirada vagar por el amarillo que parpadea, cubre el aire de vivo misterio y disemina gratitud por este mundo perfecto. La belleza me anonada y me deja inmóvil cuando tengo conmigo tus ojos que son otras luciérnagas en mi sueño colmado de flores.
86 Buganvilla Donde quiera que vaya caminando llevo en mi mente y en mis arterias una buganvilla. Con mis manos la planto en una maceta junto a la pared blanca que se eleva en el jardín. La cuido como se debe, con el agua justa, para que florezca de diferentes colores en tus ojos vivaces, en tus negros cabellos, en las mismas palabras que dices, en la selva tupida de tu corazón.
87 Los marañones Los marañones van desesperados tras las tierras de los metales puros. En lo más intrincado de la selva los días les parecen casi eternos. Isabel de Atienza, mujer tan bella, difumina las vetas de la luna. Ella misma es la planta prohibida para los marineros del hambre, mientras avanza hacia la muerte Ursúa, dueño del placer en cálida noche. Lope de Aguirre, frágil, estevado, observa a las estrellas y descansa. Finar a los que mandan. Libertad para los que están solos, se dice. Escribe una arenga contra Felipe, rey de España en tres continentes. Lope de Aguirre, el traidor, no encuentra la paz en ningún punto de la tierra.
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89 Lope de Aguirre escribe al rey Felipe II Supremo rey de las muchas Españas, escribo este grito desde lejos, desde el extremo meridional de tu envidiado grandísimo imperio azotado ahora por fuertes vientos. Es hora de libertad en la selva, en las sierras de nieves tan blancas que hieren los ojos de los ciegos, en los mares del Sur de América, alternando desesperados calores con neblinas en aguas plateadas. No queremos que mandes en América, una tierra que jamás conociste, ni en sueños, quédate en tu palacio, piensa, de hinojos en El Escorial, que tal vez bien te mereces el cielo. La clave es independencia de todos los que buscamos ese bien supremo.
90 Estás Estás en ese rincón donde guardo mis libros y paseaste tu mirada cuando viniste, estás en la puerta que entornaste anoche antes de acostarte con tus cobijas y frazadas, estás en el cuerpo que te guarda cada día, lleno de hermosura y penetrante inteligencia, estás en la maloca que imaginamos en el monte, lejos de los decires venenosos de la envidia, estás en el espíritu que me habla cuando caminamos, estás en el centro de mi corazón cada día de mi vida. Es para reconocerte que he nacido y escribo, para ir alrededor de tu halo, alabándote y queriéndote con la fuerza sagrada de toda la especie humana.
91 Nieves y calores Salir del monte, cruzar las montañas, llegar por fin a las llanuras y al mar es la experiencia más intensa de mi vida. Ver la nieve ¡oh, palpar esa blancura! que se extiende por todo el horizonte y entra en el cuerpo con su propio frío. Ese cabello blanco en lo alto de los árboles, que viene hasta la boca y la transforma en dientes de hielo de la caverna roja. Anhelo los calores, al sol despiadado en los sotos y remansos, deseo vivir como los pájaros, ir de rama en rama, llegar a tu corazón en la tarde de calma. Ver correr a los niños en las riberas de las lagunas de las charapas y los lagartos.
92 Sal Voy por la sal de los cerros, de los montes, y no por la invisible que está en los mares. Busco su inconfundible sabor que es el centro de la vida, el palpitar del sosiego del planeta, como una flor o una piedra hasta que desaparecen, y entonces volveré a lo que fui, una pizca de sal en el universo.
93 Calores El sol cae perpendicular sobre las cabezas, atraviesa los sombreros y las gorras, llega al corazón y lo conmueve. A algunos pasos hay un algarrobo con sus ramas mansas inventando la sombra, pero luego hay asfalto y las calles desiertas del mediodía. El calor sigue aumentando y parece que volara en lenguas de fuego en ese cielo azul sin nubes ni pájaros. Allá en nuestros predios, monte adentro, hay calores y humedales y lluvias interminables, tenemos lagunas, ríos, lodazales, barcos hundidos en la memoria, recuerdos de buenos tiempos, de teatros, de distintos idiomas. Volveremos con la luz de la razón, con nuestras propias fuerzas y no habrá adversario que nos detenga. Y hablaremos esta lengua y las de nuestros ancestros.
94 Dos calores No son los mismos calores en estos arenales inmensos que apenas tienen diminutos verdes a lo lejos, que sentir en la espalda el sol del mediodía en el monte con el cielo despejado sin nubes ni pájaros. Allá tenemos lagunas cerca, riachuelos, árboles añosos, espacios amenos, humedales, flores, frutos. Es un placer sentir la tarde cálida y el agua fresca que recorre todo nuestro cuerpo y se hace alegría circulando por nuestras venas y en el mismo corazón que no se cansa de durar mañana y tarde afincado en la belleza. En el día somos mariposas y en la noche un camino de luciérnagas.
95 Ana de Ayala Desde Sevilla, Ana de Ayala llega al Amazonas, como esposa de Francisco de Orellana, el desesperado que ansiaba ser el gobernador de la Nueva Andalucía, señor de árboles y lagunas, de tortugas y otorongos. La dama alcanzó a ver la entrada del majestuoso río al mar y a sentir que las aguas saladas luchan con las dulces como dos tigres en los claros del bosque. Vivió poco el capitán de la expedición. Tuvo penurias, muchos marineros desaparecidos por la furia de las corrientes o por mandato de Dios que es el único que sabe la duración de la existencia de humanos y animales. Perdió un ojo en una refriega, conoció la locura y daba gritos espantosos en medio de la noche. Le tocó morir antes de mandar en los linderos imaginados de la Nueva Andalucía. Joven y hermosa, Ana de Ayala vivió muchos años sobre el redondo lomo de la tierra.
96 Inés de Atienza Nacida en Jauja, fue, según se decía, la mujer más bella del Perú. Su turbadora prestancia desconcertaba tanto a los que la conocían, que jamás la olvidaban en todas sus vidas. Casada con Pedro de Arcos, en Piura conoció la fuerza de los ríos, los algarrobos, el polvo de los caminos que llaman yucún, el poder inmenso del sol al mediodía y el sosiego de la tarde cuando se han ido los vientos. Y luego, la pronta soledad por muerte del marido. Llegó a Lima, formó parte de la corte del virrey Antonio de Mendoza, quien asombrado por su belleza, no sabía cómo halagarla para que permaneciera a su lado. Apareció Pedro de Ursúa, apuesto aventurero, y la llevó a buscar El Dorado, remontando el río Marañón. La hermosura de la muchacha ponía fuera de sí a los marineros de agua dulce que urdieron una rebelión. Hernando de Guzmán ordenó el asesinato de Ursúa y luego la situación empeoró. Hubo refriegas y duelos por poseer a la impávida mujer. Lope de Aguirre, solo fiel a sí mismo, dispuso la muerte de la deslumbrante mujer.
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98 Glotones Los aventureros que se embarcaron con Francisco de Orellana surcando el Amazonas buscando el país de la Canela desde el amanecer, en los muchos descansos por las averías de las naves en las ciénagas, buscaban entretenerse con los alimentos: almuerzo, comida, cena y colación eran el único deleite en el calor abrumador. Bajo los árboles siempre había hombres dormidos, y otros con grandes hojas que espantaban en las tardes a mosquitos y zancudos que querían las carnes dulces de los humanos. Por las noches había que cuidarse de fieras y serpientes sigilosas y luego venía la alegría de los comienzos con los gorjeos de los pájaros.
99 Rosa del monte Esta rosa que nace en el mismo monte, con espinas previsibles y otras poderosas, es la misma que brilló ayer en la mañana y será hermosa en el atardecer de nuestra vida. La fugacidad es casi perenne, agua de algunos ríos, ese rojo color es nuestra sangre, ese pétalo que cae es nuestra vida. Estamos regresando a los orígenes como los peces que retornan al principio, ahí donde surge el manantial y nadie distingue lo vivo de lo eterno.
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