Alicia a través del espejo

y, desde luego, tenía derecho a estar algo irritado con la Reina pues estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza. Alicia estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía que a la pobre pequeña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque a fuerza de vociferar, se apresuró a auxiliar a la Reina; cogiéndola con la mano y levantándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita. La Reina se quedó pasmada del susto: la súbita trayectoria por los aires la había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer otra cosa que abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla le gritó al Rey, que seguía sentado, muy enfurruñado, entre las cenizas: -¡Cuidado con el volcán! -¿Qué volcán? -preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego de la chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado para encontrar uno.

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